Sobre la deportividad bajo el yugo del capitalismo

(Reflexión nacida en 2016 tras ver este vídeo)

Es curioso analizar hasta qué punto el capitalismo aliena y degenera las cosas. El sistema educativo, por ejemplo, no sólo no enseña a aprender ni a pensar sino que encima reduce el concepto mismo de ‘Educación’ a unos números vacuos al final del trimestre. Consecuentemente, el estudiante deja de ser un individuo completo (con sus sueños, aficiones, curiosidades, creatividad…) y pasa a ser y valer únicamente lo que produce.

Los deportes mayoritarios, por su parte, carecen en gran medida de actitudes y gestos deportivos. Tengo la suerte de haber practicado baloncesto durante más de dos décadas; tiempo más que suficiente para, en contadas ocasiones, reconocer a árbitros que algunas decisiones que me favorecían eran erróneas -a veces cambiaron de criterio, a veces no-. Las reacciones de compañeros y rivales son interesantes: desde sorpresa hasta burla o indiferencia pasando por admiración -sin olvidar el fantasmagórico pensamiento torticero (propio y ajeno) de que así uno consigue granjearse la gracia del árbitro…

¿Por qué la competición tiene que enmerdarlo todo? ¿Y por qué hay tanto veneno en nuestra idea de competición? El objetivo no puede ser nunca ganar a cualquier precio. Yo debería querer ser el mejor sin la ayuda de errores arbitrales que me favorezcan. Dirán entonces, “Muy bonito todo. Pero resulta que el árbitro se va a equivocar siempre, a veces a favor y a veces en contra; y si reconoces sus errores cuando te favorecen te estás perjudicando”. Ya. Pero prefiero hacer lo que considero correcto y confío en que los rivales hagan lo propio. Así se limitarían los errores arbitrales al mínimo: faltas dudosas y situaciones en que los jugadores no puedan ser juez y parte.

Entiendo y creo fervientemente que no necesitaríamos (tantas) leyes si tuviéramos una mejor educación. Y no tendremos tal Educación en su sentido mayúsculo mientras valores como la creatividad, la solidaridad o la cooperación permanezcan secuestrados por la primacía de una competitividad enfocada a un fin extrínseco.

¿Por qué nos cuesta tanto entender que ganar y perder no son un suma cero, que realmente es posible que los dos equipos (y todos y cada uno de sus integrantes) acaben victoriosos el partido? ¿A qué se debe esa falsa concepción axiomática de que para que yo gane otros (todos) deben perder?

Respuesta: a la ideología imperante en las sociedades capitalistas. Simplemente.

Y esa forma de pensar, esos valores centrales, afectan a todas las esferas de nuestra existencia: desde el consumo hasta el sexo pasando por la educación, la política, el espectáculo y el deporte.

No quiero vivir en una sociedad en que ayudar al débil te convierte en débil porque nos han implantado desde los altavoces del poder la vomitiva creencia de que cada uno tenemos lo que nos merecemos. Y una mierda. Y una P.U.T.A. M.I.E.R.D.A.

No somos lo que tenemos, somos lo que hacemos. Y hacemos según pensamos. Y pensamos según la educación que recibimos. Y pensar que la educación queda reducida a las cuatro paredes del aula es un fracaso que me resigno a aceptar. La prensa educa, las marquesinas del autobús educan, los pósteres de modelos en las tiendas de ropa educan, los telediarios educan y la literatura, la música, la pornografía, la publicidad… Y el deporte.

¿Qué es el deporte entonces? Altavoz y espejo al mismo tiempo. Algunos seguirán fieles durante unos cuantos siglos más al clásico panem et circenses. Otros preferimos bucear en este intenso y bello océano de esfuerzo, disciplina, sudor y lágrimas, pretendiendo encontrar entre estas aguas el sabor del éxito, la recompensa al esfuerzo, el salvavidas que suponen tus compañeros y la fe ciega en que el Equipo est(ar)á siempre por encima de todo. Y la competitividad seguirá presente, sí, pero entendida ahora como lucha con(tra) uno mismo, como incentivo para seguir creciendo y mejorando en aquello que hacemos y amamos. Y como es obvio que para que tal mejora tenga lugar necesitamos rivales y jueces, estos serán vistos como una ayuda, una herramienta al servicio de nuestro progreso.

Qué bonito sería, ¿verdad? Dejar de ser una especie adolescente, egoísta y caprichosa para empezar a alcanzar cotas mayores de madurez y armonía. Cuántos miedos morirían, cuántos odios se desinfectarían, cuánta ceguera se corregiría…

[Reflexiones desde la bañera]

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9 de octubre

Es 9 de octubre. Se acercan las 18 h. Me planteo si asistir a la manifestación antifascista convocada en el centro. Todas las razones a favor. Sólo dos en contra. La primera, la fobia a las aglomeraciones; la incomodidad inherente a no controlar situaciones que a tantos niveles me desbordan. El miedo a que entes violentos -como si no fuese ya suficiente castigo que malgasten oxígeno- actúen de forma inadecuada delante de mí. Y no es miedo a lo que ellos puedan hacerme; es miedo a lo que yo pueda hacerles a ellos. Y más que a ellos, a mí mismo.

No soy ni he sido nunca una persona violenta. Las condiciones materiales, genéticas y sociales en que aterrizó mi semilla así me lo han permitido. Pero sí soy una persona altamente sensible, con una sensibilidad que excede (y antecede) mi esfera individual. Soy según es mi entorno; cambio con él y me descubro analizándolo. Dicho con otras palabras, me duele en mi propio cuerpo ver que insulten, escupan, persigan o golpeen a alguien; me llena de pánico ver el miedo en otros ojos; me entristecen lágrimas extranjeras tanto como me enamoran besos de otros labios.

Y lo escribo sabiéndome poco especial a este respecto. Sabiendo que somos mayoría quienes rechazamos la violencia en la práctica por tener claro, ya en el plano teórico, que lo que con violencia se gana mediante la violencia se pierde.

Y sin embargo… [suspiro] Y sin embargo… sigo sin convencerme a mí mismo. Pese a mi férreo convencimiento de que “la historia se escribe en presente”; pese a pretender “ser el cambio que quiero ver en el mundo”; pese a tener varios conocidos -admirados y queridos- que allí estarán haciendo gala de su rechazo a la violencia y en quienes siquiera durante una hora podría encontrar vacuna mi soledad social…

Y sin embargo… [revolotea un eco espirálico] Y sin embargo… ¿Qué banderas portarán? ¿Qué lemas entonarán? ¿A qué héroes inmortalizarán? ¿Y a qué precio? ¿Con qué motivaciones? ¿Con qué finalidad?…

Me llamarán equidistante. Catalanista. Populista. Facha. Blavero. Me llamarán sin conocerme, sin entender que no tengo más nombre que el que reciben mis actos. Por eso iré siendo invisible. Observaré sin ser observado. Permitiré que mi mirada vuele con la paz que otorgan unos pies flexiblemente arraigados, sabiendo que en cualquier momento podrán avanzar, huir o indagar en cualquier dirección y velocidad al compás del viento.

Seré invisible.

Seré inteiro.

Seré (en) silencio.

#EleNão

No recuerdo a quién ni cuándo, pero oí decir una vez que “la estética es la cara visible de la ética”. Llevado a la (sangrienta y movediza) arena política, es imposible no darse cuenta de que cada vez hay más estética y menos ética en los discursos y declaraciones; cada vez hay más marketing y menos filosofía; cada vez más números y menos ideas, más caras y menos voces.

Lo cuantitativo/concreto/superficial/inmediato fagocita, en todos los campos y a velocidad de vértigo, cualquier vestigio de lo cualitativo/abstracto/esencial/largoplacista; se ve en la política como se ve en la información -cuánta gente pasa de largo ante una publicación cuyo texto supera las dos líneas propias de un meme…

En este contexto, me temo no verle fisuras ni al origen (información/comunicación/educación) ni al punto opuesto del ciclo (medios de comunicación/esfera política/ocio/cultura). En este contexto, tan triste como impotente me pregunto:

– ¿Qué poder le queda al pueblo que (ya) no piensa, no se hermana, no discurre, no discute, no debate, no imagina, no crea y no comparte?
– ¿Qué autenticidad le resta a una “democracia” en la que el dḗmos, alienado, no sólo se acomoda en la caverna ‘platoniana’ sino que centra sus esfuerzos en cavar más y más hondo?
– ¿Qué uso hacemos de los espacios públicos?
– ¿Cuántas personas consumen intentando reducir su huella ecológica?
– ¿Y cuántos se sienten solos entre urbes masificadas?

“No quiero ser el único que se dé cuenta”, rezaba el rapero. Pero me doy cuenta, sí. Y me duele hacerlo porque aunque no “único” sí me siento poco reconfortado en mi análisis y praxis por la actitud (estética y ética) de mis congéneres.

Al menos hasta que llega esa voz estoica/nihilista/pragmática que fórmula a través de mis labios: ¿Y qué? ¿De qué vale quejarse? ¿De qué valdría su apoyo? ¿De qué vale mi lucha? ¿De qué vale el lenguaje?

En ese punto, en ese contexto interno de vacío se extingue el fuego; respiro hondo; todo lo acepto.

La realidad sigue siendo un cementerio de sueños.

#EleSim

Espejos

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Mamá saca la cámara.
Quiere fotografiar el Guadiana,
frontera natural
entre Portugal y España.
No pienso en ese momento
en lo absurdo que es
contraponer frontera y naturaleza;
como si ella fuera
la culpable de que se levanten
muros de piedra
o se dibujen banderas
para crear dos bandos;
o se niegue al semejante
carente de pasaporte
que libre migre sobre
un campo que es de nadie.

Mamá saca la cámara.
Y su hermano, al volante,
reduce la marcha para facilitar
un buen encuadre.
No valoro en ese momento
que la foto, el resultado,
es lo de menos.
Lo importante es el detalle,
es el amor y cariño
que desde hace
décadas se profesan,
inyectando luz y aire
a las ramas y las raíces
que antaño fueron sus padres.

Mamá saca la cámara,
una muy distinta a aquellas
que pudieran existir en los cincuenta.
No me doy cuenta en ese momento
de la belleza latente en sus nombres:
Marisol
-sinónimo de horizonte-,
Paloma
-símbolo bíblico de paz tras la tormenta-
y Francisco
-en homenaje a su padre,
también santo-
son tres de los seis hermanos
que vinieron a un mundo ya caduco
a mediados del siglo pasado.

Mamá saca la cámara
y yo enfoco el interior.
No hago el cálculo en ese momento,
pero ellos han vivido
más del doble que yo:
Franquismo, transición,
caída del bipartidismo.
Impensable coger un avión
y viajar por Europa con la facilidad
con que lo hacemos hoy.
"Impensable"...
otro adjetivo obsoleto,
eclipsado por lo impredecible
de un mundo líquido,
ambiguo, volátil, incierto.

Mamá saca la cámara.
No asimilo en ese momento
que acaba de crearse
un complejo espejismo
sobre un puente que cruza un río
que separa dos países hermanos
y une los objetivos
de una madre y su milagro.
Su tecnología y la mía,
sus arrugas y mis ojeras,
su memoria y mis fantasías...
Su heroica defensa de la tradición
y mi incesante canción crítica
contra la corrupción 
de una patria que es mi herida.

Mamá saca la cámara
y la radio irradia una canción ya olvidada.
No me pregunto en ese momento
en qué preciso milímetro
dejamos atrás Portugal
y hemos regresado a España.
Recuerdo mi año en la capital;
hablar en un botellón con un catalán
desde lo alto del mirador
de una Santa cuyo nombre he olvidado;
los espumarajos de un vallisoletano
preguntándole qué pone en su DNI
confirmando que en algunos casos
la identidad es un castigo,
una imposición de quienes
sufren una fobia infantil hacia lo distinto.

Mamá saca la cámara.
Yo la miro por el retrovisor
en un plano privilegiado
que me permite mirar
hacia adelante y hacia atrás
al mismo tiempo.
No me percato en ese momento
de que el pasado
si no fuese por el futuro
estaría muerto;
que no habría retrovisor
si no hubiese movimiento;
que no hay foto sin ojo,
no hay paisaje sin viaje,
no hay Dios si no hay rezo.

Mamá saca la cámara
y dispara, supongo,
hacia el paisaje que verá al fondo.
No recuerdo en ese momento
haber leído que el 70 por ciento
de nuestros pensamientos
no son más que el eco
de nuestro universo interior.
Siento que desde otra dimensión
Demian Hesse sonríe contento.
Me dejo llevar por la intuición
y fotografío el espejo retrovisor
inmortalizando su sabia advertencia:
los objetos están más cerca
de lo que aparentan...

Contradicɔiones

Cuántas veces he querido
traducir las palabras en vida
y la vida en palabras.

Cuántas páginas y lágrimas perdidas
torturadas intentando cambiar su natura
para acabar descubriendo que' es la mía.

Cuántas cosas se aprenden
cuando no hay lección que aprender.
Cuántas se sienten
cuando se duerme, por fin, el placer.

Cuántas noches. Cuántas mañanas.
Cuántas pronto y cuántas tarde.
Cuántos poemas de hielo en llamas
acabaron curándome al quemarme.
_JFC_

Fight the Power

– Perdone, ¿es usted __________?

Y a partir de su respuesta afirmativa, desprendiéndose de sus gafas de sol, un viaje en forma de diálogo (triálogo cuando su mujer se incorpora a la conversación) que discurre entre la política, la música, la educación, la juventud, la toma de decisiones y la importancia de construir lazos y redes “desde abajo”, acercando el poder a la gente y viceversa. Porque “la democracia, por definición, es populista, apela al pueblo”, digo yo; “es que si no no es democracia”, añade ella.

¡Qué gustazo, a tantos niveles, pasar de la teoría a la práctica!; de las palabras y las ideas a los hechos; de las citas, cifras y aforismos al apretón de manos, las sonrisas, las cabezas que asienten, los ojos que se encuentran, las miradas que se nutren…

De ‘Fight the power‘ de Chuck D -custodiado por su pertinente café con leche- a la charla con un diputado en el Congreso nacional. Trazo en voz alta un paralelismo entre la lucha que la población negra estadounidense lleva a cabo -sobre todo a lo largo de los setenta- en el deporte, la política y la música, esferas claramente copadas por población blanca, y el trabajo que él y su grupo llevan a cabo en y desde otras direcciones en una esfera política igualmente adversa. Saco la mochila para ilustrar mi mensaje y les muestro el libro. Cogerlo con sus propias manos y sorprenderse son un mismo verbo. “Guau, ¡prólogo de Spike Lee!”. “Los jóvenes compran el ‘look negro’, como los vaqueros XXL, sin saber que ese estilo nació en las prisiones”, lee ella. El fragmento continúa, pero se detiene para sacar el móvil y hacerle una foto. Cuando me preguntan de dónde lo he sacado esbozo una sonrisa y les doy la dirección de United Minds, contando por encima su implicación en actividades y causas sociales de distinta índole.

La charla nos lleva de vuelta a la música como elemento socializador, especialmente para apelar a la conciencia(ción) de los adolescentes. Dice ella, también docente, que les llega mejor el mensaje a través de este canal que mediante versos de Vicent Andrés Estellés. Callo el parentesco con el poeta [estatus adscrito caca] pero no puedo ni quiero dejar pasar esta ocasión para mencionar que ese es precisamente el principal objetivo que perseguimos en Sociología Animal: llevar la pedagogía política al rap, el rap a la pedagogía política. Aunque quisiera seguir hablando de mi libro -recomendarles un par de canciones, escupir mis barras ahí mismo, correr a casa y volver a la plaza con una copia física…- opto por la escucha activa. Me dicen que una (o dos, no lo recuerdo) de sus hijas hace música, en un grupo cuyo nombre juega con la palabra Albufera, y que mezcla ska con reggae. Lamento que mi compañero Joan no esté presente porque algo me dice que en su infinito amor por la música conocerá al grupo en cuestión…

Llega el primer silencio, acompañado por un suave gesto que hace que nuestros cuerpos dejen de estar enfrentados. Mensaje captado. Le(s) agradezco nuevamente una charla tan amigable y nos estrechamos las manos. Antes de despedirse me facilita un contacto por si me interesa asistir a una sesión de control en el Congreso, “para que veas cómo es la política a ras de tierra”, dice, ya que “ahí es cuando el Congreso está en su salsa”.

Apuntado el número en un bloc de notas que contiene 178 anotaciones, guardo el móvil en el bolsillo y me despido por última última vez. Camino de vuelta a casa intentando digerir todo lo acontecido. Me siento desubicado. Me siento orgulloso. Me siento tranquilo. Me siento excitado. Me siento agradecido. Y, al mismo tiempo, lamento que no pueda ser así siempre (con) todo el mundo. ¿Cuántos problemas sociales se evitarían y/o solucionarían fomentando y practicando algo tan básico como el civismo del que acabamos de hacer gala? ¿Qué sabemos de nuestros vecinos más allá de los ruidos que hacen y el nombre que consta en el buzón? ¿Cuándo fue la última vez que nos atrevimos a hablar de tú a tú con un extraño que acabó siendo reconocido como igual? ¿Cuántas veces hemos asistido y/o acompañado a una persona sin hogar, a un extranjero, a una persona anciana desorientada o necesitada?

Vivimos cada vez más lejos unos de otros; más aislados, más alienados, más divididos. Cada vez más -en términos temporales, emocionales, profesionales, económicos…- en ese ahí virtual y menos en este aquí y ahora real, único e irrepetible; hasta tal punto hemos dado la espalda a nuestra naturaleza social que llamamos “redes sociales” a programas informáticos y no a estructuras democráticas tan importantes como la familia, el mercado, el barrio, la parroquia, la escuela o la asociación de vecinos. Vivimos cada vez más rápido, estudiando carreras que nos permitan “llegar lejos” sin pararnos a percibir qué acontece por dentro. Escuchando música, en vez de cantarla; consumiendo química que nos reporte un fruto inmediato en vez de esforzarnos en terapias y programas de rehabilitación que nos permitan sentir, descubrir y recrear nuestro cuerpo y mente; idolatrando lo cuantitativo y obviando todo aquello que no pueda ser medido, catalogado o etiquetado ya que lo inmaterial es despreciado por un sistema que basa su crecimiento suicida en la adquisición, la acumulación y el consumo sin consumación.

No. No les he hablado del pánico ni del estrés ni de la honda crisis que experimenté cuando hice realidad el sueño de trabajar como profesor de Sociología en Inglaterra. Algún día verán la luz todas esas Lecciones en el exilio. Hoy, 20 de abril de 2018, celebro y agradezco que “cada final es un comienzo y cada tropiezo un regalo”. No camino con la cabeza girada hacia un pasado caduco ni permito que el ego nuble mi juicio. Simplemente “escucho a mis maestros, tomo nota y agradezco su esfuerzo y valentía (traen alegría a mis derrotas)”. Así, por fin, todo es más fácil, más natural, más simple aquí dentro.

Pero no por mucho tiempo. Pues tengo a Eduardo sobre un hombro recitando que somos lo que hacemos para cambiar lo que somos y a José en el otro recordándome que yo soy yo y mi circunstancia y que (ya susurrando en mi oreja) si no la salvo a ella, no me salvo yo.

Termino el paseo cerrando un círculo espirálico.

¿Dónde me ubica esta fórmula?

¿En quién me convierte?

Woodhouse

Navega por el aire
una bolsa de plástico.
Pero no es tal bolsa
de plástico en mi mente,
sino cien años
de indigesto progreso humano
para el estómago
del medio ambiente.

La civilización se desangra
tiñendo las calles
de papeles y latas
–cartas sin suerte.
Y un ejército de máquinas
de distintos colores
coloniza ciudades
con su rugir de motores.

Tosen los pájaros
pero no se les oye.
Plañe el cielo desierto
de nubes, plagado de aviones.
De ácidas lágrimas
se nutren las flores.
El viento quedó sin aliento
pidiendo silencio a los hombres.

 

TEJIENDO LAS PALABRAS

CON LOS HILOS INVISIBLES DEL ALMA

Pau Borredá

PERIODISTA

HEY,BLAIR!

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Relato Corto

Lectura para todas las edades

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"Si me dieran a escoger un superpoder, elegiría dejar de ser invisible."

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Mundo libre

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« me arrodillo por las noches ante tigres que no me dejarán ser - lo que fuiste no será otra vez - los tigres me han encontrado pero no me importa. »

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